Machismo, la enfermedad del falo

Machismo, la enfermedad del falo

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El Comercio /

Horas antes de esta conversación, Juana Guarderas estuvo investigando sobre los posibles vínculos entre la histeria y el histrionismo. Sentada en una de las butacas del teatro del Patio de Comedias y a minutos de iniciar una nueva función de las Marujas, teje la trama de esas reflexiones y se despacha con una ráfaga de ideas sobre la complejidad del mundo visto desde la histeria.

¿Alguna vez le dijeron que era una histérica?

Claro. Si consideramos la histeria como una reacción exagerada a algo, más allá de la patología psicológica, sí he tenido reacciones histéricas. Es horrible estar en ese estado, porque es cuando peor nos vemos a nosotros mismos. Pierdes los estribos y se te sube la mostaza a la cabeza. Creo que todos los seres humanos en algún momento perdemos la perspectiva de las cosas. Recuerdo que antes los padres cuando se ponían histéricos te lanzaban la chancleta.

Asumamos que la histeria, como señala la RAE, es una enfermedad asociada a las mujeres, ¿qué síntomas tendría una histérica?

Te voy a responder con una anécdota personal. En plena labor de parto, después que me pusieron el famoso pitocin, recuerdo tener la sensación de que mi cuerpo era un volcán y que iba a explotar. Corría por la clínica con el suero y sentía que me subía a las paredes como si fuera un personaje de Matrix y le gritaba al doctor ¡Esto no es para mujeres, esto es para yeguas! Esa fue una situación límite en la que obviamente me sentía histérica.

¿Qué le recetaría a una persona histérica?

Cuando a uno se le sube la mostaza a la cabeza me parece importante respirar. En el teatro hay un montón de técnicas que los actores utilizamos y una de ellas es el enraizamiento, que consiste en cerrar los ojos por un momento e imaginarte que estás lanzando tus raíces a la tierra y que estás conectando tus filamentos mágicos al universo. También recomiendo la técnica del cojín. Como mamá, me pasa que a veces pierdo los estribos y me da ganas de caerles a mis hijos a chancletazos. Cuando pasa eso, me paro, respiro y aprieto el cojín con todas mis fuerzas.

Se cree que solo las mujeres pueden ser histéricas, ¿usted qué piensa?

Yo sí he visto muchos hombres histéricos y neuróticos. Creo que unas culturas pueden ser más histéricas que otras. Suena a prejuicio, pero me atrevería a decir que el Cono Sur es un poco más histérico que el mundo andino. De forma más global, siento que el mundo mediterráneo es más histérico que el resto de Europa. Pienso en los griegos y en sus expresiones tan exageradas y expresivas.

Si la histeria es una enfermedad asociada al útero, ¿cuál sería la enfermedad asociada al falo?

Yo diría que la enfermedad relacionada al falo es el machismo. Me gustaría que en algún momento el machismo sea considerado una patología. Todos los días hay noticias sobre feminicidios y eso es terrible. En eso hay algo bastante histérico. Qué más desbordado que un hombre que mata a su novia, esposa, amante o pareja.

¿Qué hombres histéricos se le vienen a la cabeza?

Mi papá. Mi padre era bien histriónico en su forma de ser y bien sobreactuado en la vida cotidiana. Recuerdo muchas de sus reacciones sobredimensionadas. Había cosas cotidianas en las que se entorpecía y no sabía qué hacer. Mi papá odiaba la mecánica y si se dañaba algo en el carro entraba en una crisis de histeria. Un día se rompió el escape mientras estábamos en medio de la nada y se puso bien histérico. Mi mamá, que tenía un hermoso cabello largo, se sacó el cordón de la cabeza, se metió debajo del carro y amarró el escape.

Y, ¿en la vida pública?

Hay muchos políticos que son histéricos. El mismo señor Correa. Cuántos exabruptos bárbaros, groseros y agresivos tuvo durante estos diez años. Siento que las redes sociales también son espacios medio histéricos, donde la gente exacerba las emociones sin ninguna contención. En otros espacios públicos o de relaciones humanas, como el colegio, la universidad o los mismos trabajos, hay ciertas reglas que sostienen las relaciones. Las redes sociales no tienen esas reglas y eso los convierte en espacios de histeria.

¿Hay algo positivo en la histeria?

Cuando pienso en mí y en algún ataque histérico que he tenido, aparte de que pudo ser desagradable para los que me rodean, siento que de alguna forma también pudo ser catártico. Como es algo tan intenso sacas cosas que tienes guardadas y eso te puede aliviar. Pero, sin duda, las cosas negativas ­siguen ganando.

¿Hay algo que caracterizaba a las personas histéricas en el siglo pasado?

Pienso en las fanaticadas futboleras. Todo lo que sea exacerbado y que tenga dosis de fanatismo creo que pueden ser considerados como histéricos.

Y, ¿a las posmodernas?

La histeria posmoderna quizá está atravesada por la megalomanía, los egos, las vanidades y la prepotencia intelectual. Por esa dificultad de encontrar algo agradable en la sencillez de la vida. Hay una sensación de superioridad frente a la vida misma.

Se cree que la histérica o el histérico adolecen de satisfacción infinita

Creo que la insatisfacción también está vinculada a la posmodernidad. Creo que la histeria puede ser vista como una forma de llamar la atención, una forma de inseguridad. Creo que hay que tomarse la vida de una manera más sencilla, más humilde y descomplicada. Creo que una persona que es más descomplicada puede ser menos histérica.

Está también la histeria colectiva, ¿qué hechos traumáticos nos cuestan hablar, como sociedad?

Creo que todavía hay muchos hechos traumáticos que nos cuestan hablar como sociedad. La violencia sexual es uno de ellos. Hace unos meses hubo un espacio en Facebook donde la gente contaba sus testimonios sobre abuso sexual. Cuando empecé a leer estos testimonios, de hombres y mujeres, me di cuenta que la violencia sexual que sale del propio hogar es algo que nos cuesta y duele hablar.

Y, ¿a escala global?

Creo que la guerra. Cada vez que veo la cara del Presidente de Corea del Norte se me paran los pelos y no entiendo cómo la humanidad puede estar sujeta a su histeria. Todos los holocaustos que ha vivido la humanidad son temas no resueltos y no aprendidos.

¿Los ecuatorianos somos una sociedad de histéricos?

En algunos momentos y en ciertas cosas claro que sí. Lo que decía sobre los fanáticos del fútbol, por ejemplo. Creo que estos últimos años han sido tiempos en los que las emociones como país se han polarizado y eso ha sacado a flote nuestra histeria. Hemos vivido fuertes momentos de odio que han provocado la ruptura de familias por temas políticos y eso no pasaba antes. El tema del diálogo todavía no es muy real ni honesto, pero el simple hecho de que se haya bajado la dosis de agresión nos ha ayudado a que la leche no se riegue todos los días.

¿Hay un hecho social al que deberíamos reaccionar con histeria?

No creo que la histeria sea un buen método. Creo que hay ser fuertes, contundentes y rebeldes y bregar por nuestras libertades, pero a través de la escucha al otro. Tenemos que sensibilizarnos y aprender a dialogar. Ahí entra el arte, porque es una forma en la que los seres humanos se sensibilizan.

En las artes escénicas, muchas veces se dice con el cuerpo lo que no se alcanza a decir con las palabras, ¿el teatro es un espacio para descargar nuestra histeria?

Personalmente te digo que sí. A veces llego a una función cargada de diez mil cosas, entre esas frustraciones y estrés, y cuando actúo logro que el teatro se convierta en una herramienta terapéutica.

¿Qué personaje histérico la ha cautivado?

Pienso en los personajes femeninos de las tragedias griegas. Uno más actual es Lady Macbeth, que tiene unos bordes histéricos super fuertes.

Juana Guarderas

Nació en Quito, en 1964. Estudió teatro en Estados Unidos y obtuvo una licenciatura en Ciencias Internacionales. Doña Abrilia Romero, la cuencana de las Marujas, es uno de sus personajes más populares. Ha actuado en películas como ‘Entre Marx y una mujer desnuda’, ‘Un titang en el ring’ y ‘Sé que vienen a matarme’. Es directora del Patio de Comedias, donde debutó cuando tenía 17 años.