¿Por qué dormimos menos a medida que envejecemos?

¿Por qué dormimos menos a medida que envejecemos?

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Hace mucho que se sabe que las personas duermen menos a medida que se hacen mayores. La disminución del sueño se ha atribuido a la ingesta de medicación, a la ansiedad o a la creencia de que los ancianos necesitan dormir menos. Ahora un nuevo estudio del Centro Médico de la Universidad de Toronto, ofrece por primera vez, una explicación neurológica para el insomnio crónico asociado a la edad.

Ya en 1996 Clifford Saper, primer autor del trabajo, relacionó en ratas, la pérdida de sueño con la pérdida neuronal. Localizó una zona cerebral llamada área preóptica ventrolateral, que funcionaba como un interruptor del sueño. Los experimentos demostraron que la pérdida de neuronas de esa área cerebral producía un grave insomnio. “Las ratas que sufrían esta pérdida dormían la mitad que los animales normales, y su sueño estaba muy fragmentado”, explica el científico.

Recientemente, el Proyecto Rush “Memoria y Envejecimiento”, un trabajo con más de mil personas a las que se ha seguido desde los 65 años, ha arrojado nuevos conocimientos sobre esta anomalía. En realidad se planteó para estudiar la aparición de las demencias, pero este objetivo tampoco está muy alejado: las personas con alzhéimer también tienen importantes problemas para dormir.

Para medir la calidad de su sueño se le proporcionó a un grupo de personas una especie de reloj (un actígrafo) que registra la actividad de la galanina, un neurotransmisor cuya actividad se asocia a la calidad del sueño: Quienes tenían más de 6.000 neuronas pasaban hasta un 50% más de su sueño tranquilos. Los que tenían menos de 3.000 neuronas, dormían un 40% peor.

El descubrimiento podría conducir al desarrollo de medicación para aliviar el problema apuntando específicamente a las neuronas estudiada, aunque no solo se busca resolver la pérdida de calidad de vida asociada al insomnio. La pérdida de sueño y su fragmentación se asocian a una serie de problemas de salud, incluyendo trastornos del conocimiento, mayor presión sanguínea (con las consecuentes enfermedades vasculares), y una mayor tendencia a desarrollar una diabetes tipo 2.

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