Cómo reaccionar ante los berrinches de los bebés

Cómo reaccionar ante los berrinches de los bebés

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El Clarín / Es frecuente escuchar hablar de los berrinches y de los caprichos como algo negativo. ”No le hagas caso, está haciendo un berrinche”; “ese nene es un caprichoso, lo que le falta son límites”.

Así el berrinche se presenta ante la mirada de los adultos como una conducta reprobable, como un comportamiento a erradicar y que, de no mediar la tan tradicional como cuestionable “mano dura”, dejará al pequeño atrapado/entrampado de por vida en un callejón sin salida de conductas inadaptadas. Como si los berrinches o las pataletas no pertenecieron a un aspecto saludable de la infancia y fueran a durar para toda la vida, se amenaza a los padres con que deben refrenar esa manifestación del niño para que no acabe convirtiéndose en un sujeto antisocial, un delincuente juvenil, o vaya a saber qué otra etiqueta que el mercado de turno nos ofrezca comprar (ADD, ADH, etc.).

Es preciso entender que los berrinches constituyen la expresión de un proceso saludable de diferenciación por parte del niño. Representan una manera necesaria e inevitable de agenciar el deseo como propio, como parte de su singularidad e individualidad. Si mamá y yo deseamos cosas distintas, es porque no somos la misma persona. Este descubrimiento de inigualables consecuencias, despierta en el niño sentimientos intensos de enojo y frustración .

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La angustia del octavo mes

El proceso de diferenciación que se inicia durante el primer año de vida alrededor del octavo mes (la famosa angustia del octavo mes ) no es algo que se constituye de una vez y para siempre, sino que tiene diferentes oleadas en las que su expresión se agudiza o resulta al menos más notable.

No debemos olvidar que durante los primeros tiempos de la vida, si un bebé fue alojado y maternado, experimenta un proceso de fusión al cuerpo materno  que Winnicott llamó  fusión primaria .

Forma parte de la labor materna brindar las condiciones para que el niño se cree la ilusión de que él y la madre son un mismo ser. Esto se logra (entre otras cosas) mediante una adaptación activa por parte de la mamá, casi al ciento por ciento, en los primeros tiempos luego del nacimiento. ¿Qué quiere decir esto? Una mamá responsiva, que acude ante el llanto del bebé, que ofrece el pecho en el momento oportuno, que brinda afecto, es decir, que está disponible, atenta y entonada con ese pequeño ser humano. Esta fusión es efecto de la constante y continua disponibilidad por parte de la mamá (o quien cumpla dicha función) hacia el niño, quien se encuentra en un estado de absoluta dependencia . Ningún bebé podría sobrevivir sin el auxilio de un otro humano que, además de satisfacer las necesidades de higiene, calor y alimento , ofrezca sostén y contención afectiva .

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El sinuoso camino hacia la independencia

Esta ilusión de indiferenciación, si todo se da de acuerdo a lo esperable, está destinada a diluirse inevitablemente . ¿Por qué? Porque tarde o temprano el niño deseará algo que la mamá le tendrá que negar (algo peligroso, inadecuado, inalcanzable, etc.), la mamá tendrá que ocuparse de un hermanito, o tendrá que volver a trabajar, o alguna otra circunstancia lo hará tomar conciencia de que allí hay una diferencia, una distancia , no son una misma persona y por lo tanto desean cosas diferentes.

Los berrinches no son en oposición al adulto (como muchas veces se tiende a interpretar): son un comportamiento que conlleva la manifestación de una diferencia, el reconocimiento del otro como alteridad. No son contra mamá o papá, sino en diferencia a ellos. Por eso es importante que esto ocurra; que un niño pueda diferenciarse de sus progenitores en el proceso de crecimiento es un pasaje inevitable en el camino hacia la independencia .

Los psicólogos solemos recibir consultas por niños ”bien adaptados” o sobreadaptados, pero con un altísimo nivel de sufrimiento; o también, su versión opuesta: niños inhibidos o imposibilitados en todo lo que implique procesos de diferenciación en el crecimiento.

Ahora bien, si los berrinches son necesarios e inevitables, ¿por qué enojarnos con el niño? ¿Por qué sancionar o repudiar ese comportamiento? Es evidente que los enojos, los castigos, las penitencias no calman a los niños, a lo sumo infunden temor, pero claramente no los tranquiliza. Al contrario, los pone más furiosos y los deja obligados a lidiar solos con su propia frustración .

Si no nos enojamos ni retamos a los chicos cuando crecen de altura, entonces ¿por qué sancionar una expresión del crecimiento emocional ?

Un niño necesita referentes que puedan aportar la madurez emocional que él no tiene. Cuando un pequeño tiene un berrinche tal vez sea el momento en que más atención, contención y respeto necesite . Si en lugar de ofrecer esa estabilidad y madurez emocional, el adulto le grita, lo zamarrea o lo castiga, está haciendo exactamente lo mismo que el niño. No hay dudas de que un adulto en calma y sereno tendrá muchas más posibilidades y herramientas para tranquilizar al niño que alguien desbordado en un ataque de furia.

Sin duda son situaciones agotadoras, tanto para el niño como para el adulto, pero como todo proceso de crecimiento son al mismo tiempo, inevitables. Lo que sí podemos preguntarnos es de qué manera deseamos acompañar este camino necesario e imposible de sortear. Si los adultos también vamos a hacer berrinches o si podremos admitir que sea el niño quien los haga y nosotros ofrecerle la contención, el amor y respeto que todo niño en crecimiento merece.

Reaccionando con serenidad y empatía

¿Cómo podemos acompañar los berrinches de manera respetuosa? En primer lugar no enojándonos con el niño durante el berrinche, siendo pacientes y permaneciendo serenos .

Podemos ofrecerle nuestra contención si es que la acepta, mostrarnos empáticos y disponibles , ponernos a su altura y ayudarlo a que pueda encontrar palabras para expresar su enojo.

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Cuando un chico hace un berrinche es porque claramente no cuenta con otro recurso para mostrarnos su frustración . Podemos describir cómo observamos que se siente:”Estás enojado”, “Te pusiste triste”, “veo que estás nervioso”; son modos de ayudarlo a entender sus emociones y cualificarlas.

Por lo general,cuando el adulto intenta conectar con su sufrimiento, el niño suele sentirse más aliviado y esto lo tranquiliza. Para poder lograr esa conexión con el niño, tal vez sea necesario para el adulto desaprender aquellas creencias tan populares y arraigadas y al mismo tiempo tan falaces, como que los niños hacen berrinches para manipularnos o para pasarnos por encima.

Claramente si el niño pudiera hacer otra cosa para conseguir lo que quiere, lo haría. No debemos olvidar que es función del adulto aportar la madurez emocional, no responsabilidad del niño.

* Lic. Ivana Raschkovan. Psicóloga clínica. Docente de la Facultad de Psicología (Universidad de Buenos Aires), Cátedra Clínica de Niños y adolescentes; facebook.com/CrianzaInfantil